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Un silencio tras otro
Lo sé ver entre las flores o metido en medio de helechos y gomeros, cabezón, casi enano, con esos faroles celestes que se le desbocan de la cara porcina. No es feo, ni lindo, su especie está más allá y mucho más abajo - de todos modos, demasiado lejano siempre - de lo que cualquiera es y sería capaz de creer. Lo veo merodeando como lo hacen los animales apaleados, pero que ni sueñan con perder las mañas ni las manchas, ni ese hedor agrio que le duró tanto tiempo.
Cuando llegaron acabábamos de empezar el mate y después ese momento se diluye en un abismo de estruendos y de gritos que se conservan en un silencio sin pausa, se recogen en una herida muda y no puedo recordar, perdoname, pero ahora no me acuerdo bien, pero, calmate, viejo ya pasó, ya se fueron ¿Para qué decirle más ? Mis viejos dormían y nosotros, como dije, empezábamos a leer una materia nueva. No, tampoco me acuerdo cuál, pero hacía frío, eso sí, era agosto y Myriam hacía un mes que se había ido a Brasil. Mis viejos - él sobre todo - la lloraban como si se hubiese muerto; y yo no era más yo sino los dos: ella y yo al mismo tiempo, sin la posibilidad de encontrarme a solas conmigo de ninguna manera. Así y todo jamás llegó a molestarme porque la amaba profundamente y ahora pienso que poco a poco la pedagogía de la vida me adiestraba en este oficio de ser varios. Hoy soy los cuatro y los sigo amando vivos.
Lo que nunca les dije - tal vez ahora, además, carezca de importancia - no llega ni siquiera a ser un testimonio, es demasiado doloroso para quedarse encerrado en esa palabra. Es mucho más, es una deuda que no puedo saldar aunque tenga todas las armas y los medios para hacerlo porque creo que en el fondo prefiero el regocijo del rencor y saber que tengo de verdad "todas las armas". Obviamente, no me detienen ni su actitud servil con la que se mueve entre los 15 pisos del edificio lamiéndole la cara con los ojos al primero que pasa para ofrecerle esa sonrisita de hombre moderado, ni que evite hasta respirar fuerte para pasar inadvertido; nada de eso. De otro modo, no lo aborrecería. Tampoco le temo, porque él sabe muy bien que entre los dos, no es a mi a quien le corresponde tener miedo.
El mate voló de un culatazo, Ana gritó y creo que se abrazó a Tito. De ellos, dos corrieron por la casa y el más gritón nos ordenó tirarnos al piso boca abajo. Ana dejó de gritar y sentí que Tito lloraba bajito, casi mudo. El nos abrió las piernas a patadas :dos golpes certeros, experimentados, matemáticamente concebidos para que se quedaran doliendo y calientes entre las piernas.
De vos, viejo, no sabía nada porque estabas durmiendo con mamá y no podía saber qué estaba pasando con vos y tu corazón enclenque, por eso me tranquilizaba en parte confiar como nunca en esa forma heroica que mamá tuvo siempre para aceptar el dolor y la adversidad: de un golpe, poniéndole cara de nada, como desafiándola con un gesto lineal y levemente gris que se le pegaba en la piel. Pero vos, viejo... vos eras mi miedo de verdad. Hablá viejo de mierda y la puta madre que te parió , donde está la yegua de tu hija; y vos se fue a Brasil, no está, se fue a Brasil. A ellos les salían las voces deformadas, calientes, rugían pesados y coléricos como minotauros de la muerte, armados, detrás de caretas de gomas, debajo de pelucas enruladas, largas, satánicamente coloridas.
¿Vos sos el hermano, no? sentí la bota en la espalda, mientras que de los pelos me levantaba la cabeza; Tito y Ana tenían hundidas la nariz y la boca en la alfombra y vi que se parecían demasiado a los muertos. Sí, vos sos el hermano. Bueno vení que vamos a hablar un ratito. Y de los pelos nomás, con el brazo torcido y doblado sobre la espalda se encerró en el baño conmigo.
Cuando lo volví a ver, yo llegaba del colegio a mediodía y sin reconocerlo sentí que la puerta que nos separaba - que él intentaba abrir desde adentro y yo desde afuera - no se iba a desplegar nunca, que no íbamos a poder pisar el mismo espacio sin por lo menos vomitarle encima. Lo dejé pasar para poder tomar fuerzas y quedarme mirándolo mientras se iba, como lo había visto desde el balcón aquella madrugada, mientras mis viejos apenas respiraban diseminados entre los pedazos de armarios y cuadros, de tazas, de libros y de fotos, de Tito y de Ana. Desde el primer piso , verlo en cada una de sus partes fue inevitable aunque no lo voy a perdonárselo a la vida, porque de esa forma me imponía el deber inextinguible de buscarlo en cada uno que se le pareciese.
Yo volvía del Colegio Nacional como hacía casi 20 años y él salía llave en mano, se trataba sin dudas de un vecino de quien lógicamente desconocía su calidad de tal ya que hacía sólo unos días que me había mudado. Vuelvo a sus ojos porque se me quedaron sellados a fuego mientras me decía en el baño mirame mientras lo hacés, quiero ver tu cara de putito , dale mierda, mirame la concha de tu madre y dejá de llorar . Una voz que había comenzado lejana, irreal, sorda, se tornó creíble, común, cuando tirando para atrás la careta dejó al descubierto la frente rectangular, lisa, de un tipo joven, aunque algo más grande que yo que tenía 22 años. Por debajo, los farolones celestes sobre un fondo rojizo y húmedo, me curcificaban la cara que él sostenía de mis orejas como si fuera una palangana de dolor y desperdicios . Me tenía de rodillas y me clavaban las uñas y los dedos redondos sin sacarme los ojos de los ojos y pude ver ese diente de adelante partido en la base, por donde le salía un hilo de aliento agrio que se me pudrió en la memoria sin extinguirse nunca. Y fue en el momento en que me aplastó la nuca contra él, al final, cuando los dedos mochos descubrieron mi cadena de oro con el crucifijo que Myrian me había dado antes de irse. Me la arrancó sin saber qué era ni de qué y cuando intenté un movimiento para impedírselo me metió la uña en uno de los oídos hasta hacerme llorar de dolor¿ Ves, putito ? Yo no quería tortura, pero te la estás buscando vos. Y si querés que tus viejos y esos dos zurdos de mierda queden vivos deciles que acá te torturé ¿sabés ? ¿ qué preferís ? Dale puto dale dale dale , así puto, así. Cuando salimos y vio que los otros estaban sentados con mis viejos, Tito y Ana , me soltó de los pelos. Ya no había ni caretas ni pelucas, pero tampoco puedo recordar las otras caras, o no quiero, o no sé , pero ver a los míos enteros, a los cuatro, pudo relajarme una sonrisa en medio de ese infierno. El le dijo algo en el oído al que hablaba y dejó de prestarme atención.
Yo sé que puerta y años de por medio, aquel día me reconoció perfectamente, o por lo menos sabe que alguna vez fui uno más en su alfombra de ojos, entre sus dedos de tornillo, de rodillas bajo el filo del aliento que se escapa del hueco del diente que todavía sigue partido.
Salí al balcón para entender que todo seguía igual en la calle, en la estampa de ciudad que veía desde allí, que no estábamos muertos ni soñando . Lo ví subir al auto, y cuando me descubrió en el balcón, antes de entrar, a modo de saludo se pasó la mano entre las piernas. Los otros dos, adelante, permanecieron ignorantes de la escena como había ocurrido cuando me tuvo en el baño de casa. Supe y no hace mucho, que había estado preso acusado por crímenes de lesa humanidad, pero todavía sigue dando vueltas entre nosotros, todavía anda escabulléndose de mi cada vez que su castigo me pone frente a frente a él en un ascensor que ambos evitamos compartir. No digo más de su vida actual porque para víctimas hay 30.000 y más y yo; de nada serviría juntar vergüenza como si fuera basura que termina en los pulmones y el estómago de otros inocentes.
El viejo nunca quiso que Myriam supiera lo ocurrido y se entiende, así que cuando me fui a verla ese verano a Curitiba, tuve que escucharla varios días reprochándome la pérdida de la cadena que me había regalado; y nunca faltó ocasión para que regresara sobre el tema; pero lejos de molestarme mi silencio sabía a palabra cumplida con un gran amigo. Mi viejo, aunque ya no estuviera con nosotros, seguía en ese silencio mío que le devolvía algo de la devoción con que siempre nos amó. Pero - obviamente - no todos los silencios son iguales porque no nacen de la misma fuente ni se nutren de las mismos sentimientos. Y aquella madrugada me traspasa todavía con el silencio a mis espaldas. Cuando volví del balcón, mi madre ya estaba recogiendo los gritos despedazados de las fotos y las copas heridas de muerte y le juntaba las tripas a los muebles desventrados a culatazos y todos los cuadros muertos a cuchilladas y los libros que se desbordaron en un otoño blanco por el piso . Mi madre me miró sin saber preguntar y supe que ese dolor también lo recogía para tirarlo a la basura, para siempre. Ella pudo tal vez y yo no, pero el silencio ya había entrado para siempre entre nosotros.
Iba a ocurrir porque no en vano estábamos de nuevo juntos en el mismo lugar, como convocados por un tribunal tardío, moroso, pero seguro. Vi que estaba por tomar el ascensor y seguramente pensó que como siempre iba a ser sólo para él o sólo para mi. Pero cuando cerró la puerta plegadiza, la abrí para entrar y pasé cerrando detrás de mi ambas puertas. Estábamos nuevamente juntos, después de 28 años. Juntos en un lugar no mucho más chico que el baño de la casa de mis viejos, de frente, aunque instantáneamente bajó su cabeza de bufón y sentí que temblaba. Ninguno de los dos intentaba presionar el botón del ascensor y entonces sin mirar toqué uno al azar para ponerlo en marcha y detenerlo después en un tramo cualquiera del trayecto. Descorrí la puerta plegadiza sin sacar la mano de la manija y quedamos lógicamente suspendidos.
- ¿ Y ahora ? ¿ a quién le toca arrodillarse ? - No fui valiente. Entre él y yo, a esa altura de la historia, él - escrachado, ex-presidiario, declarado prescindible en todos sus trabajos - no podía agregarse una mancha más. Pero tampoco merecía mi valentía, no él. Supe en todo momento que no iba a gritar, que estaba callado desde hacía mucho tiempo y para siempre y creí que por lo menos iba a tratar de convencerme, pero no levantó la vista. Se había perdido en algún punto del rectángulo marrón del piso. También sentí que él esperaba cualquier cosa menos un gesto generoso o simplemente humano. Entonces le introduje con fuerza un dedo en el oído derecho y pude ver su dolor por cómo se le plegaba la piel de cerdo de la frente. Con un hilo de voz, entre saliva y casi carraspeando pudo decirme
- Tengo hijos, los conocés ... por favor -
- Así es, la vida siempre nos deja unas monedas para empezar a pagar las deudas - le dije casi riéndome de su actitud resignada ante la agresión de mi dedo que escarbaba en su oreja sin que se le ocurriese hacer nada más que sufrir. Luego agregué - Mis viejos también tenían hijos - Y le hubiese agregado muchas cosas más , todas mezcladas con la sangre de la venganza y la hiel del rencor, en fin , todas las babas del diablo; todas amasadas con tiempo, con mucho tiempo a la sombra del silencio que mi madre se llevó para siempre, a la luz de la verdad que nunca iba a poder pagar, ni con hijos ni con plata, ni con la espantosa humillación de vida que todavía le queda para seguir desviándole la mirada a la gente para que no lo reconozca. Pero todo eso me pareció poco, insignificante, injustamente minúsculo, después de muchos años, muchos más de los que yo tenía aquella noche. Había que esperar demasiado y no iba a poder hacerlo, como tampoco, viejo encuentro el tiempo, ni la voz ni las fuerzas para cruzar del balcón al living donde estás derrumbado, masticando los escombros de corazón que te quedan, con Myriam que sigue sonriéndote en cada pedazo de la foto que habían violado frente a vos mismo y en tu mesa de luz, llorás porque sos sabio y ves que mamá no llora . Porque ahora sí estás seguro de que te falta demasiado poco para te empieces a morir despacito y en silencio.
Carlos Italiano - rosario. argentina
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